LA TENTACIÓN DE LA SILLA VACÍA / Alberto López Basaguren

01.08.2020

El lehendakari Urkullu ha participado, finalmente, en la sesión de la Conferencia de Presidentes en San Millán de la Cogolla, tras amenazar con la política de la silla vacía. Su ausencia en foros institucionales no es una novedad. Pero, en esta ocasión, además del desplante institucional, se excluía de una reunión intergubernamental, multilateral, del más alto nivel, en un asunto trascendental. El foro y las circunstancias merecían un esfuerzo extraordinario –también del lehendakari- para hacer de ella una cita importante.

Esta Conferencia debe convertirse en elemento central de un sistema de relaciones intergubernamentales que debe mejorar. Precisar las medidas para controlar la pandemia –todavía en el aire- y sus efectos –con un deterioro del tejido económico y social de una magnitud difícil de digerir para una sociedad acomodada como la nuestra- tiene trascendencia vital. A pesar de la implicación de la UE, Euskadi -toda España- va a salir muy maltrecha. Solo uniendo fuerzas se puede atenuar lo que se nos viene encima.

La reunión de San Millán llegaba después de una experiencia de evolución positiva. Tras unos inicios profundamente decepcionantes, las reuniones realizadas durante el estado de alarma fueron mejorando el funcionamiento y la propia funcionalidad de la Conferencia; y se ha anunciado el mantenimiento regular del foro en el futuro. La reunión era, por tanto, una ocasión para impulsar esa evolución.

Es una cuestión de importancia estructural. El desarrollo de las relaciones intergubernamentales constituye una de las más importantes innovaciones en los sistemas federales en las últimas décadas. En la actualidad, la salud de un sistema federal depende, en medida importante, de la fortaleza de su sistema de relaciones intergubernamentales.

El sistema federal se caracteriza por un complejo sistema institucional, en el que se combinan representación territorial y del conjunto. Históricamente, se puso el acento en la participación territorial en el poder legislativo, a través de una segunda Cámara parlamentaria. Sin desmerecer la importancia de esa solución, en la actualidad, el sistema de relaciones entre gobiernos se ha convertido en elemento esencial, en correspondencia con el protagonismo de los gobiernos en sociedades caracterizadas por un gran intervencionismo público.

En un sistema con distribución territorial del poder (competencias), la complejidad de la realidad exige la existencia de sólidas y fluidas relaciones de colaboración, cooperación y coordinación entre los distintos gobiernos. Donde fracasa esa relación, donde no es suficientemente sólida y saludable, se debilita la idea que subyace al sistema federal, porque se impone, inevitablemente, la voluntad unilateral del gobierno común. Esa es una de las enseñanzas de la experiencia en los distintos sistemas federales; y es una de las grandes enseñanzas –negativas- de nuestra experiencia autonómica.

La responsabilidad institucional obliga al gobierno del Estado a impulsar lealmente, con seriedad, el sistema de relaciones intergubernamentales; hay que exigírselo. Pero son los gobiernos de los territorios los principales interesados en su reforzamiento, porque es un instrumento fundamental para salvaguardar el autogobierno; su necesaria participación en las decisiones refuerza su poder. Pero es un poder que –como en la UE- no se ejerce individualmente, sino de forma conjunta, en comandita, con los gobiernos de los demás territorios. No hay sólido sistema de relaciones intergubernamentales sin un fuerte entendimiento, sin una gran sintonía, sin complicidad, entre los gobiernos de los distintos territorios.

El lehendakari amenazó con quedarse al margen. Lo hizo por reclamar, con carácter previo, una relación bilateral. Las relaciones intergubernamentales bilaterales pueden tener gran importancia, son absolutamente legítimas y plenamente complementarias con las multilaterales. Pero tienen límites. Difícilmente pueden condicionar los asuntos que interesan también a los demás territorios y a sus gobiernos cuando los demás van teniendo una conciencia creciente de sí mismos, de sus intereses y de su capacidad de hacerlos valer.

El lehendakari ha logrado su objetivo: la autorización de endeudamiento que pretendía. Un objetivo que nadie relevante ponía en duda que se fuese a lograr en fechas muy próximas. Pero lo ha logrado al precio de transmitir la imagen de desentenderse de la tarea de reforzamiento del sistema multilateral de relaciones intergubernamentales; de desentenderse de los problemas comunes. El lehendakari, con su amenaza, dificulta la sintonía con los demás presidentes autonómicos y el fortalecimiento de su credibilidad ante ellos; fomenta el malestar y la creencia en agravios comparativos por parte de otros territorios. Una imagen cuya sombra puede tardar en desvanecerse.

La cuestión es si, tras la escaramuza del lehendakari, Euskadi está en mejores o en peores condiciones para afrontar un presente que trasciende los efectos del acuerdo logrado; y, aún más, un futuro que solo se puede garantizar desde dentro, participando activamente, con lealtad institucional, porque, para afrontarlo en condiciones, vamos a necesitar la complicidad de los demás territorios; porque nadie puede creer que Euskadi será suficiente y se valdrá por sí misma.